-?
Para Mansilla, Ítaca no está en Dublín ni en Buenos Aires ni en París ni en México. Acaso la encuentre en Neuquén, esa capital de los derechos humanos devenida (¿devaluada?) en capital de Vaca Muerta. Es en Neuquén, entonces, donde Mansilla se planta para entonar sus poemas con una voz cansada pero resistente, dolorida pero sarcástica, casi como Pablo De Rokha con sus versos, hermano y vecino de Spíndola en eso de compartir estéticas y hacer hablar a la Patagonia.
Es que con la poesía de Mansilla ocurre que leerla es una experiencia distinta (incompleta, quizá) que escuchar al autor decirla, con sus inflexiones y sus acentos desacentuados. Es como en el rock nacional, cuando los compositores empezaron a acentuar de otra manera para encontrar rimas y adaptar el lenguaje a la música. Porque es eso, la música ante todo. Y, en el caso de Mansilla, es claro que usa esas inflexiones para encontrar (o seguir) un ritmo, casi una percusión que funciona como las cuerdas de un bajo, o de un contrabajo. Porque a veces, muchas, también es un blues o un fraseo de jazz. Y también le roba la alegría a los brasileños y entonces suena todo San Lorenzo, acá en Neuquén.
Su estética es la de una ciudad en harapos pese a la prosperidad simulada: hay un cráter común para buenos y malos, un suéter marrón, guantes de seda para boxear, cumbia que sale por los poros de las casas, y el cerebro que es el planeta más interesante del sistema solar y la poesía regula el mundo, ¿será su termostato?
Mansilla no plantea respuestas, jamás. Su mirada siempre ha sido implacable, desde sus primeros poemas (De la construcción de mitos, etcétera) pasando por sus experiencias en los escenarios y bares de la Patagonia y otros sitios con sus compinches de Celebriedades. Nunca quieta, esta poesía evoluciona desde sí misma, como en una espiral infinita que busca su centro y, cuando parece que lo encuentra, salta hacia otra dimensión, hacia otro rumbo.
Y es que, cuando parece que llega al clímax, la poesía de Mansilla empieza de nuevo. Veamos:
Pero sabemos que nunca podremos ir
a nuestro cerebro
porque no hay años luz para surcar
porque ahí está todo
el secreto de los viajes
las excusas
ahí está el agujero negro de la vida
que es
como descongelar
una heladera. (17)
Y es así: el poeta presiona las imágenes hasta que estallan, en un exabrupto o en el deslizamiento de expresiones desde el campo de la publicidad, del cine o del refranero popular y así produce una sorpresa, una hesitación en quien lee o escucha. Es el llamado de atención cuyo paroxismo está en declamar que
Todos metidos en un cráter
los buenos los malos y los feos,
que en griego significa la concha de tu hermana. (6)
Este pequeño libro en el que Mansilla (dice que) tiende hacia la prosa porque hacia ella va, introduce subrepticiamente poemas que funcionan a la vez como exposición de sí mismo y como escudo. Es el caso de “La niña con jardinero”, dedicado a Macky Corbalán, un texto que relata una historia donde el dolor y alegría se escriben sobre el cariño de dos poetas imprescindibles en estas playas.
Raúl Mansilla: La física en el barrio San Lorenzo. Neuquén, Ediciones Con Doble Zeta, 2025, 46 páginas.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite