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Días atrás, una amiga hablaba sobre la gran diversidad cultural que existe en la Argentina, solapada bajo esa falaz convención (y estúpida convicción) de ser los europeos de América. Como si el espejo que elaboraron concienzuda y pacientemente Sarmiento, Lugones y muchos antes y demasiados después (Mitre y Roca incluidos, y siguen las firmas) se hubiese trizado en mil pedazos y por sus fisuras aparecieran plumas, versos, cantos, ocarinas, guerras de resistencia y de liberación, diosas y dioses y, sobre todo, poetas y chamanes. O chamanas, como es el caso de los libros que nos ocupan este domingo.
Dos poetas, una de cada lado de la cordillera, desmontan desde sus poemas la estructura del lenguaje, que pierde su solidez y así que otras lenguas aparecen y discuten entre sí, se enlazan y se dispersan. Entonces, la uniformidad se rompe por ficticia y hay sitio para la heterogeneidad como reflejo de la naturaleza, para la heterodoxia que se abre a la diversidad de pensamientos, para las voces en lengua que reemplazan la dictadura del “castilla”. Las poetas son Daniela Catrileo, nacida en Santiago de Chile en 1987 y Silvia Mellado, en Zapala, en el centro de Neuquén, en 1977.
Úlichenes un largo itinerario de ida y vuelta entre los pueblos selknam y mapuche. Su recorrido incorpora, entre otros elementos, crónicas de los viajes de Colón, de la conquista de México, referencias a textos del Inca Garcilaso y Guamán (Waman, escribe Mellado) Poma con la presencia permanente de Arguedas en su poesía. Protagonistas fundamentales del libro son Anne Chapman y Lola Kiepja, “que decía úlichenen algunas ocasiones: cuando contemplaba alegre el peinado que Anne le había hecho o cuando oía su canto recién grabado y éste le agradaba”.
Ese término, casi gozoso, se contrapone con alguna atmósfera de los poemas. Por caso: Nunca dejamos nuestro papel:/ lloramos afligidas/ en el segundo círculo de la ceremonia.// Cabeza de piedra aullábamos/ a la ancestral devoradora/ para que pudieran/ otra vez/ nacer.(página 13). O No reveles nunca tu verdadero nombre y/ si lo haces/ encárgate de que lo pronuncien mal.(página 15) YAyer escuché lenguas/ no quisieron decir/ tu verdadero nombre. (página 30). El decir también necesita pausas, silencios como el del viento: La piedra tiene una boca/ orejas tiene/ y no es persona la piedra/ habla/ con silbido de viento. (página 22)
El nombre aparece como una clave: hay que encargarse de que lo pronuncien mal, como si hubiese un sortilegio que debe cumplirse para mantener a salvo la revelación. ¿O la identidad? Es el nombre y es la lengua también, que permanece en cierta clandestinidad, para resistir, para ¿salvarse? El nombre es dicho y las dice (dice a estas autoras, a su pueblo). Y aquí aparece el concepto elaborado pro la investigadora Laura Pollastri: la “lengua del nombre”, que a la vez las designa y las sitúa, les otorga un habla y un territorio que les pertenece.
Y aquí hay un puente con Daniela Catrileo. En efecto, en el posfacio de Todas quisimos ser el sol, Silvia Mellado alude a la xampurriada o champurriada, término que significa mezcla, mejunje, mezcolanza y sirve para explicar el procedimiento que estas poetas aplican sobre el lenguaje.
Catrileo, que sabe que sentenciada la boca rota la lengua (página 13), se pregunta¿Cómo escribir un nombre/ que nació herido,/ antes de ser escritores/ antes del origen/ de la letra?(página 15). Porque en el origen están el exilio/ en la patria del río(página 22)y ese origen está en su propio apellido: Catrileo es, dice Mellado, katrü lewfü, río cortado, que se repite, modificado, en el título del primer libro de esta antología Río herido.
Con los poemas de Catrileo ocurre que es necesario detenerse en cada palabra como para meditarla, para respirar el aire entre los versos. Son poemas abiertos, no sólo para leer sino para mirar, para observar el dibujo de versos y palabras en el espacio blanco del papel. Desde el caligrama del principio en adelante, Catrileo merodea las violencias históricas que ha vivido el pueblo mapuche hasta que descubre su corazón, el corazón de su nombre y su poesía: Tañi piwke/ tañi piwke/ piwke piwke/ después de veinte años/ supe que mi corazón/ latía con otro nombre/ me fue negado/ el sonido de su voz/ hasta que desperté/ en su palpitar/ de trueno// tañi piwke/ tañi piwke/ piwke piwke. (página 51).
Catrileo presenta una selección de textos de los libros Río herido (2016); Guerra florida(2018); El territorio del viaje (2017), y Las aguas que dejaron de unirse a otras aguas(2020).
En ambos libros, los poemas están acompañados por ilustraciones (pinturas, dibujos en Úlichen; fotografías digitalizadas en Todas quisimos ser el sol). Los versos y las ilustraciones no confrontan, no complementan, constituyen una obra común de las poetas y las artistas plásticas. Esta tendencia que se verifica en las publicaciones de poesía abre las posibilidades de lectura, también.
Daniela Catrileo: Todas quisimos ser el sol, ilustrado por Melisa Fort; posfacio de Silvia Mellado. Colección Derivas Poéticas, San Martín de los Andes (Neuquén), Ediciones Las Guachas, 2023, 104 páginas.
Silvia Mellado: Úlichen, ilustrado por María Alicia Favot. Colección Piel de las arenas, Neuquén, Tanta ceniza editora, 2025, 84 páginas.
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