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Estamos viviendo “tiempos interesantes”, decía el conocido historiador Eric Hobsbawm, es decir, una época clave, de profundos cambios, de esos que a posteriori los historiadores eligen como hitos de separación en el análisis de la evolución histórica. Estamos viviendo la crisis de un sistema y de una hegemonía que está cuestionada, tiempos que el profesor Gabriel E. Merino (UNLP – CONICET) denomina de “caos sistémico”.
La hegemonía de Estados Unidos, que sucedió a la de Inglaterra, se afirmó después de la segunda guerra (1939-45) y se tornó unilateral tras la implosión de la Unión Soviética (1991), en el siglo XXI es cuestionada; surge un mundo donde la hegemonía no es exclusiva de occidente y se presenta como multilateral o, al menos, bilateral.
La hegemonía de Estados Unidos se basaba en 1) Su poderío económico, 2) Su poderío militar y 3) El dominio financiero. Este último es el menos conocido, pero posiblemente sea el más importante, ya que dio sustento a los otros dos.
El poderío económico: De la segunda guerra mundial Estados Unidos surgió como la gran potencia, con su industria intacta y como el principal acreedor mundial; tuvo el liderazgo de la industria metal-mecánica (producción de bienes de capital, de consumo durable y de automotores) y de la industria química, con dos motores fundamentales que lo impulsaron: el gasto externo y el desarrollo del comercio internacional. Los patrones de consumo norteamericano se impusieron en el mundo y unificaron gustos y necesidades: la Coca Cola y el chicle se convirtieron en símbolos de la época y tuvo gran impacto económico la divulgación de los sintéticos. Entre 1946 y 1952 el Plan Marshall implicó una importante ayuda para la reconstrucción europea y también para la industria norteamericana y, posteriormente, los grandes gastos externos correspondieron a la guerra de Corea (1952-1960) y a la de Vietnam (hasta 1975), e incidieron sobre la demanda global con su efecto multiplicador, convirtiéndose en una palanca del crecimiento del producto, lo mismo que el gasto deficitario originado en la carrera armamentista y, posteriormente, en la competencia por la conquista del espacio.
Aprovechando la balanza comercial favorable existente en los primeros años de la posguerra, hubo una fuerte expansión del capital norteamericano en todo el mundo. Por ejemplo, los bancos norteamericanos en 1918 tenían 61 sucursales en el exterior, en 1960 llegaron a 124 y en 1975 a 900.
A partir de la crisis del petróleo en los años ’70 las empresas norteamericanas intensificaron su deslocalización que, en gran proporción, fueron a China, la cual además se vio beneficiada con un régimen especial de acceso al mercado interno de Estados Unidos, que buscaba separarla de la Unión Soviética. China orientó las inversiones hacia rubros planificados y exigió la transferencia de conocimientos, a lo que sumó una inversión estatal masiva en ciencia y tecnología y en inversión directa publica o en asociación público-privada. La rápida industrialización china, sumado a un proceso de desindustrialización norteamericano, llevaron a que actualmente la primera representa el 31,8 % del PIB industrial mundial y Estados Unidos el 17,4 %.
La reacción norteamericana para frenar este proceso fue, aparentemente, tardía. Por ejemplo, en áreas nuevas como inteligencia artificial, China es responsable del 23,2 % de los artículos científicos publicados en el mundo (Estados Unidos del 9,2 %) y, en el número de patentes de IA registradas entre 2010 y 2023, tiene el 68,7 % (Estados Unidos ocupa el segundo lugar con el 14,2 %). China se ha convertido en la fábrica del mundo y lidera la innovación productiva, cuestionando el liderazgo anterior.
El poderío militar: La guerra no afectó al territorio norteamericano y su enorme industria bélica terminó intacta. Además, sobre el fin de la guerra lograron producir a la bomba atómica, que estrenaron en Hiroshima y Nagasaki (1945), apurando el fin de la guerra en el Pacífico. Luego de la rendición de los países del Eje, Estados Unidos instaló sus bases militares en distintos países asegurando con ello, con su fuerza bélica tradicional y la exclusividad atómica, durante varios años de hegemonía militar.
Pero actualmente 9 países tienen poder atómico (Rusia, Estados Unidos, China, Francia, el Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, aunque sumados los dos primeros poseen cerca del 90% del total), lo que genera un difícil y peligroso equilibrio: se supone que nadie lo va a usar porque implicaría su autodestrucción. Además la dispersión de las bases mostró en la guerra con Irán su vulnerabilidad en una lucha dispersa, tipo guerrillas, con ataques mediante drones, aunque el principal obstáculo parece ser el financiero por su alto costo; por eso Trump viene solicitando que los países aliados paguen los gastos o parte de ellos, cosa que no ha generado ningún entusiasmo en los afectados. Lo cierto es que no se pudo imponer en Vietnam, en Afganistán y, ahora, tampoco en Irán, y que también su hegemonía militar está cuestionada.
El dominio financiero: Al terminar la segunda guerra mundial, Estados Unidos poseía el 78% de las reservas auríferas del mundo y era el acreedor más importante, con la balanza comercial favorable y su estructura productiva intacta; en estas condiciones, el dólar se convirtió en la moneda-patrón del mundo y el gobierno norteamericano obtuvo el enorme privilegio de convertirse en el emisor de la moneda mundial. Se confirmó en julio de 1944 en la conferencia de Bretton Woods, que estableció un sistema monetario basado en cambios fijos entre las distintas monedas, con el dólar convertible en oro a la paridad de 35 dólares la onza, precio muy bajo ya que era la cotización de 1934.
El hecho de poder emitir moneda mundial implicó enormes ventajas para Estados Unidos, ya que posibilitó la apropiación de excedente económico generado en el exterior y permitió sostener su supremacía económica y militar.
Pero a finales de los años 1960 la balanza de pagos norteamericana se tornó deficitaria y los dólares emitidos no tenían relación con las reservas auríferas, por lo que en 1971 el presidente Nixon, unilateralmente, resolvió declarar la inconvertibilidad del dólar con el oro y a partir de 1973 desapareció definitivamente el sistema monetario creado en Bretton Woods y, en su lugar, se creó el sistema de cambio flotante que actualmente rige.
El enorme gasto exterior convirtió al presupuesto nacional en altamente deficitario: 6,4% del PBI en el 2024 (1,833 billones) y en un país endeudado, donde el monto de la deuda pública superó al PBI.
Estos procesos han deteriorado la posición dominante del dólar como moneda internacional, en especial en los años que lleva transcurrido el siglo XXI. Por ejemplo, como reserva monetaria en 1999 representaba el 71% del total y en 2025 bajó al 60%; algo parecido ocurrió con el comercio exterior, donde va perdiendo participación: en 1980 el 80% del comercio mundial era en dólares, cifra que se ha reducido actualmente al 55%; los países europeos intercambian sus productos en euros, el comercio entre China y Rusia en sus monedas nacionales y los países del BRICS, ese importante bloque histórico de países emergentes al que nuestro país, por decisión de Milei, renunciara a formar parte, ha anunciado que tratará de dejar de lado al dólar como unidad de valuación e intercambio comercial. Hay que recordar que los BRICS+ representan aproximadamente el 45 % de la población mundial, cerca del 35 % del PIB mundial (PPA), alrededor del 25 % de las exportaciones mundiales, y entre el 35 % y el 40 % de la producción mundial de petróleo.
Sobre este último punto, en uno de sus trabajos Gabriel Merino citó a Trump: “Exigimos que estos países se comprometan a no crear una nueva moneda BRICS ni a respaldar ninguna otra moneda que sustituya al poderoso dólar estadounidense, o se enfrentarán a aranceles del 100% y deberían esperar decir adiós a las ventas a la maravillosa economía”.
Es evidente que el gobierno de Estados Unidos es consciente de la importancia que el papel del dólar como moneda internacional: es la que le permite mantener la hegemonía militar y económica, intervenir en las guerras y, mediante la apropiación del excedente económico generado externamente, sostener un mayor nivel de vida interno. Por eso Trump sostuvo que “si perdemos el estatus de moneda de reserva global del dólar, ¡nos convertiremos en un país del tercer mundo!”.
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