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15/03/2026

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Milei y la teoría económica

Milei y la teoría económica | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“El anarcocapitalista grita ¡Viva la libertad!, que es la libertad de empresas y la libertad de explotación, pero olvida hablar de democracia: la eficiencia suplanta al voto en la legitimación de las acciones”.

Humberto Zambon

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I

Este año, en el encuentro de Davos, Milei anunció que Maquiavelo había muerto. Como a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) se lo considera el fundador de la ciencia política, lo que Milei anuncia mediante una metáfora es la muerte de la política; según su criterio, el gobierno se debería limitar a administrar las cosas y respetar al mercado como la gran autoridad.

Hay que recordar que la teoría económica nació como “economía política”, es decir, estuvo ligada a la “polis”, a lo colectivo, a lo social. Su objeto era conocer las relaciones sociales que genera la producción y distribución de bienes y servicios en una sociedad y su finalidad era lograr el mayor bienestar posible para esa sociedad. A fines del siglo XIX, con el auge del positivismo y la posición cientificista que pretendía una ciencia y una “verdad científica” objetivas, alejada de las pasiones humanas, surgió la idea de crear una “teoría económica” o “economía” a secas, sin el calificativo de “política”, totalmente aséptica, “objetiva” y absolutamente independiente, separada de la política económica. Se suponía que la economía daría los conocimientos para que la política decidiera y actuara: se ponía la economía al servicio de la política.

Con el neoliberalismo la relación entre economía y política se invirtió. La política quedó subordinada a lo que decía la economía o, mejor dicho, al dios mercado, del que los economistas cumplían la función de oráculo. Como dice Ricardo Forster en el libro “El litigio por la democracia”, el neoliberalismo introdujo una palabra mágica: “inexorabilidad, que quería decir precisamente que el triunfo de la economía de mercado y de la globalización constituía…, en el sentido más amplio y decisivo, el fin de la historia”.

Ahora Milei lo llevó al extremo. De la política no quedaría nada, ni la subordinación a la economía. Para Milei solo queda la economía, el mercado, el dios que decide y al que hay que obedecer y adorar. Es coherente con la decisión de terminar con el estado desde adentro.

Para Milei el mercado es siempre eficiente y no puede ser injusto, es perfecto porque se origina en el derecho natural. Así como la producción depende de leyes objetivas, ajenas a la política, la distribución del producto es fijada por el mercado y, por lo tanto, es eficiente y justa y no debe ser distorsionado por la política. El anarcocapitalista grita ¡Viva la libertad!, que es la libertad de empresas y la libertad de explotación, pero olvida hablar de democracia: la eficiencia suplanta al voto en la legitimación de las acciones.

Se puede aplicar lo que dice el brasileño Franklin Serrano (Revista Circus N° 6), “algunas teorías económicas son argumentos puramente ideológicos, cuya función es defender ciertos intereses materiales. Con frecuencia, sólo son una ‘teología’ de las clases privilegiadas propietarias”, coincidiendo así con Jürgen Habermas: "La ciencia moderna (en este caso la economía) ha perdido su conexión con la ética, convirtiéndose en un instrumento de poder más que de liberación".

Pero no debe ser así. Tenemos que volver a la economía política. Así como la ciencia permite que el hombre, al conocer las leyes que rigen en la naturaleza actúe sobre ella, tanto para evitar desastres naturales como para aumentar su bienestar, construyendo diques, caminos, puentes, creando los sistemas de agua corriente y cloacas, etc. Es decir, utilizando a las leyes naturales en su beneficio; de igual forma debe actuar con el mercado, usando la política económica (en base a las leyes de leyes de la teoría económica), para lograr el bienestar general.Y esto es especialmente cierto en los países dependientes, como el nuestro; tal como dice José Pablo Feinmann, “los países periféricos no tienen economía, la economía los tiene a ellos. Lo que tienen es la política”.

II

Milei ha repetido en diversos escritos que “Los fallos de mercado no existen”. Como para su criterio el mercado es perfecto, no puede admitir la existencia de errores o fallos en su funcionamiento porque, de lo contrario, debería aceptar la intervención de la sociedad para solucionarlos y , según él, esa intervención termina destruyendo a la eficiencia y termina por conducir al socialismo, que es su obsesión.

El fallo de mercado más estudiado es el de la estructura del mismo. El óptimo que pregona el liberalismo se obtiene en competencia perfecta; cuando el mercado real se aleja de este ideal y toma el carácter de monopolio u oligopolio (pocos vendedores) se demuestra que el precio de equilibrio es mayor que el que resulta de la competencia y, en general, las cantidades negociadas son menores, lo que implica menor satisfacción de necesidades y menor nivel de bienestar general. La conclusión de la teoría económica es que el estado debe intervenir para regular y tratar de reducir el daño causado por el fallo, por el monopolio.

Milei dice que no es así. En su libro “Capitalismo, socialismo y la trampa neoclásica”, (2024) dice que “El monopolio… nada tiene de malo” porque, si el mercado lo permite, es por una razón de eficiencia: “aquel que mediante el uso de instrumentos legítimos ha quedado como único productor lejos de ser un tirano es un benefactor social” (pg. 154), lo que ratifica lo manifestado por Milei previamente; “El capitalista es un benefactor social que lejos de apropiarse de la riqueza ajena, contribuye al bienestar general” (pg. 54).

Habría que explicar al consumidor que ve cotidianamente como la suba de precios decidida por los monopolios va erosionando su ingreso real que, en realidad, debería ponerse contento, porque se trata de una virtud y no de un fallo del mercado.

III

Milei, en la reciente apertura de sesiones ordinarias del Congreso, pretendió justificar al actual cierre de empresas con la teoría del progreso y la “destrucción creativa”. La idea se origina en Marx y Engels, que la expusieron en “La ideología alemana” de 1845 y en el “Manifiesto” de 1848: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente a los medios de producción…”. Un siglo después esa idea fue retomada por Joseph Schumpeter, que le dio el nombre de “destrucción creativa”: el capitalismo innova permanentemente, con lo que vuelve obsoletas cosas y técnicas que todavía sirven, pero que no pueden competir económicamente con las nuevas. El empresario, o se adapta y cambia o muere. El progreso capitalista se hace construyendo y, a la vez, destruyendo lo viejo.

Resulta extraño ver a Milei compartiendo ideas de Marx. Pero habría que avisarle que la “destrucción creativa” se refiere a la existencia de desarrollos tecnológicos o innovaciones previas y no a la destrucción empresaria que implica la importación barata de bienes producto de una insensata apertura económica indiscriminada.

La actual destrucción económica no es creativa, sino que es destrucción a secas. Y un drama para quienes la sufren.

IV

Durante milenios al hombre primitivo le insumía toda la jornada el conseguir alimentos, abrigo y protección para él y su grupo familiar; eran grupos nómades con una economía de subsistencia. Recién cuando aprendió a domesticar animales y plantas, se instaló a la vera de ríos o lagos y se volvió sedentario; entonces el fruto de su trabajo superó las necesidades de subsistencia y se generó un excedente económico (estudiado por los economistas clásicos y, fundamentalmente, por Paul Baran en el siglo XX), dando lugar a la organización social y a las diversas civilizaciones, donde siempre el excedente fue apropiado por las clases sociales dominantes, generalmente para su consumo y boato, además de mantener la fuerza para sostener al sistema social. Piénsese en la esclavitud de la antigüedad o en el feudalismo europeo. O también en el capitalismo, donde el destino principal del excedente económico es la acumulación productiva y no el consumo; aquí el capitalista “compra” la fuerza de trabajo del obrero o empleado a cambio de un salario, siempre y cuando el fruto del trabajo colectivo sea mayor que el total de salarios pagados (se queda con el excedente económico generado por la producción).

A la relación tiempo de trabajo excedente / tiempo de trabajo necesario(para pagar al productor) Marx lo llamó tasa de explotación; en palabras usuales, es el cociente entre excedente y costo salarial. Si no gusta el nombre por su eventual contenido emocional, se lo puede denominar de otra forma (“relación excedente-salario”, por ejemplo) pero no es una teoría sino una relación objetiva, aritmética.

Sin embargo, Milei, en el Latam Economic Forum realizado el 7-5-25, informó que “acaba de destruir a la teoría de la explotación: el trabajador le compra dinero a su empleador”. Repito: para Milei el trabajador no vende su capacidad de trabajo, sino que compraría dinero pagando con lo que tiene: su capacidad de producir. En realidad, si fuera así, trabajaría el tiempo que quisiera y cuando y donde quisiera.

Suponemos que se trata de una mala broma del presidente. Si así no fuera, significaría que la sociedad se divide en dos sectores: los empresarios ofreciendo dinero y, por el otro, los trabajadores decidiendo cuanto trabajo entregar según sus planes del día; por ejemplo, se levantaría a la mañana y pensaría: “voy a almorzar a un restaurante y luego voy al cine, entonces “compra” dinero a cambio de 3 horas y media de trabajo y luego del cine va y, a la salida, “compra” dinero a cambio de unos minutos de labor para volver a su casa en ómnibus. Si no es una broma es un delirio total.

29/07/2016

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