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14/06/2020

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Dueño del decir

Dueño del decir | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Beascochea considera que desde la ficción se puede interrogar a la historia, “son dos discursos que dialogan de alguna manera”, aunque desconoce si “las indagaciones de un narrador pueden convertirse en certezas al referirse a los hechos históricos”.

Gerardo Burton

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Quizás la ficción sea una posible forma de indagación de la historia, como los mitos lo han sido en otra época, como la poesía lo fue al principio de los tiempos. Ficción, mito y poesía tienen una capacidad anticipatoria, una potencia develadora que luego puede confirmar la ciencia. O no. Sucede, por caso, con “Megafón o la guerra”, que Leopoldo Marechal situó entre los años 1956 y 1957 para narrar la resistencia peronista. Algo así ocurre con Horacio Beascochea. “La tierra plana” relee, reinterpreta la campaña de Roca: con Pincén y Conrado Villegas como protagonistas estelares -estelares por históricos- y el cabo Robledo como enlace de esas historias personales que modificarán finalmente la más amplia historia de esta parte del mundo. Las voces pertenecen a los partes del ejército, a un baqueano, a Pincén, “el dueño del decir”, y a Robledo, militar e hijo de militares que finalmente cambia de bando. Se pone del lado del cacique derrotado; le habla en lengua, y sus superiores no lo van a tolerar.

Soy el dueño del decir. No debo olvidarlo. Mi talento es mi lengua -muda por antojo en esta celda sucia- con ella arengué a mis aucas y nos defendimos de los huincas. Escucho las voces en mi cabeza buscando una lengua quieta, la misma que levanté contra mis carceleros. Infelices. Creen que me atraparon por tenerme aquí dentro.

La humedad me hincha la rodilla. No puedo quejarme, ella me salvó del “Toro” Villegas y me dio doce lunas más. Era triste ver el hambre de los pichis, la mirada apagada de las mujeres. Algún sol pedí que nos atraparan, o no podía rendirme. Son raros los pedidos de la derrota.

Grande fue mi sorpresa al enterarme que los huincas conocían mis correrías. Más de un soldado quiso escucharlas pero me hice el zonzo. “¿Ehh?”; “¿Ahh?”, les gritaba en el oído. Y callé. El último gesto rebelde. Soy un auca, aunque arrastre una pierna y las manos tiemblen a su antojo...

… Hombre raro el huinca, un traicionero que busca los mejores pastos y nos empuja a las tierras de aire caliente. “La única manera de sobrevivir es combatirlos”, decían los viejos con sus arrugas de indio libre. “Los huincas nos odian. El odio entre los hombres es el alimento de Gualichu”. (La tierra plana, p. 72-73)

Beascochea dirá que aunque “me atrae lo fantástico (en el sentido cortazariano)”, sus novelas “han conversado con la historia, bajo un ámbito común como es el paisaje. En 'La tierra plana', dos personajes fuertes, un militar y un capitanejo ponen de relieve la mal llamada 'Conquista del Desierto', que no fue otra cosa que la aniquilación de los pueblos originarios. Novela que, de algún modo, muestra la colisión de dos mundos bajo el embrujo de la tierra plana, de una llanura que puede enloquecer a cualquiera con su extensión, silencios y secretos.” Considera que desde la ficción se puede interrogar a la historia, “son dos discursos que dialogan de alguna manera”, aunque desconoce si “las indagaciones de un narrador pueden convertirse en certezas al referirse a los hechos históricos”. Sin embargo, “un escritor escribe sobre su época y, en mi caso, con un vistazo en lo real, lo cotidiano, lo que nos ha sucedido y nos sucede. ¿Cómo no mirar la realidad en Argentina y Latinoamérica?” Recuerda -y cita- un apunte de Osvaldo Bayer: “toda la literatura que yo escribo es realidad. Porque yo he visto que la realidad -y vuelvo a repetir algo que es muy repetido pero lo repito- la realidad tiene mucha más fantasía que cualquier fantasía, y eso lo he notado. Entonces, describo todas esas fantasías que uno ha vivido”. Hasta aquí, Bayer. El mismo paisaje, la llanura, se escapa de “La tierra plana”, llega y ambienta y se escurre por los entresijos de la aún inédita “Lo que queda”, detenida justo antes de entrar a imprenta al comienzo la cuarentena y que hasta ahora anda por los no formales circuitos de correos electrónicos y redes en su soporte de pdf. Entre ambas, “El porvenir es una ilusión”, que “pone de relieve una época convulsionada como fueron los setenta y los intentos de una generación de hacer otro mundo diferente y menos desigual”, dice Beascochea. Y también “valora la amistad y ciertas acciones que hay que hacer porque no queda más remedio”. La acción, cuándo no, transcurre en la llanura, en un pueblo “en medio de la nada” que luego aparece -y el título da nombre parcial a una estancia- en “Lo que queda”, donde lo político y social se disfraza por momentos de policial, un pretexto que permite la crítica de las instituciones que sostienen el sistema: jueces, policías, empresarios. “Es una novela ambientada a fines del 2001, dice, con un país desmembrado y cierto desaliento generalizado”. Admite la relación de los personajes con el paisaje “que de una u otra manera, puede definir sus acciones”. El enlace con “La tierra plana” está en ese breve diálogo casi al final, cuando el capataz duda si abandonar o no a su empleador: “¿Sabe que el viejo decía que veía indios? Un chiflado total. Pero es culpa del lugar. ¿Conoce la llanura? Hay un misterio en el horizonte, se lo aseguro. Puede enloquecer a cualquiera. No sé si es el silencio, el viento que silba, o la quietud de ese mar de tierra. Pero algo hay que enloquece y eso afectó al viejo”. (p. 55). Ése es el denominador común entre las tres novelas aunque, en esta última, la acción se desarrolla entre el ámbito rural y el urbano; “hay una preponderancia de la metrópoli, con personajes que se mueven más en la ciudad”.

Media hora después estaban en la ruta nacional. Entraron en un camino vecinal. Los recuerdos de Flores irrumpieron. Otro tiempo, otra persona, casi su amigo, aunque se habían tratado menos de lo que quisiera. El viaje al pueblo abandonado. Entonces se dio cuenta. No estaban tan lejos.

-¿En qué pensás? Te quedaste callado.

-En un amigo que perdí. Debería llamar a la familia.

-¿Lo conozco?

-No. Hicimos un viaje una vez. Y estuvimos unos cuantos días en El Porvenir. Persiguiendo fantasmas.

-¿Fantasmas? Dejate de joder, Luis, y si querés estupefacientes buenos, avisame.

Ambos rieron.

-En serio. De cuando era cana. ¿Te hablé de don Leandro?

-Sí. El tipo que te metió en la policía.

-Bueno. Con su hijo hicimos un viaje a comienzos de los noventa. Tras los pasos de un amigo suyo. Guerrillero prófugo que se escondió en la Colonia durante un tiempo y al que yo ayudé. Un idealista.

-¿Él o los dos? Esa historia me la debés.

Flores sonrió.

-Otro día. Una razón más para que mis ex camaradas me odien. Yo sabía quién era pero no lo denuncié en el setenta y seis. (Lo que queda, p. 18)

En una entrevista virtual en estas épocas de aislamiento, Beascochea dirá que ésta, su tercera novela, trata “sobre las pérdidas, colectivas e individuales” y tiene un funcionamiento independiente de las anteriores -más de lo que su mismo autor reconoce-. En rigor, es una novela donde caben otras: primero, la que escribió un protagonista ausente cuyo original se encargarán de publicar su viuda y sus hijas. Lo dicho: en “Lo que queda” hay una novela dentro de la novela, el manuscrito del testigo, de ése que supo. Entre citas de algún verso de Miguel Hernández, referencias a escritores que arman un catálogo como si fuera un rompecabezas -entre otros: Soriano; Tolkien; el ineludible Borges; Thomas Mann; Zitarrosa; Bettye Swann y, por supuesto Marlowe-, el texto discurre entre descripciones detalladas -el mate como calabaza anaranjada, el olor de la leña quemada, del rocío sobre las plantas-.

-¿Café, mate?

-Lo que tomes.

-Dos cafés -pidió por teléfono.

-Vos dirás -apuró Flores.

-Estuve viendo lo que me mandaste. Sigamos adelante, ¿novedades de la chica?

-El último lugar en que la vieron fue allí.

-¿Alguien más sabe de esto?

-No.

-Esperá que lo encuentro. Aquí. Me parece que no es el primer caso, mirá -y le pasó una carpeta oficio.

Flores leyó la poca información. Era en la misma zona, fechada dos años atrás.

-¿Sus padres no la buscaron?

-Fijate de dónde venía. Se hizo una solicitud de paradero en un primer momento, sin resultados. ¿Qué dice el familiar que te contactó?

-Me mostró una carta de hace tres meses, que estaba trabajando en esa estancia. Por lo que sé, el lugar es una fortaleza: vigilancia privada, cámaras de seguridad. Conozco a uno de los policías de la comisaría. Es un ex compañero con el que alguna vez hablé para instalar mi agencia allá y le consulté: que la chica era la conocida de una conocida. Prometió averiguar pero no creo que se moleste mucho. Parecen pesados.

-¿Qué sospechás?

-Juego clandestino, prostitución, aunque hay cabaret legal en el pueblo. O un cazador suelto.

-¿Cazador suelto? Dejá de leer novelas policiales. ¿Quién es el dueño? (Lo que queda, p. 10)

Luego están las señales, los indicios que vienen de las anteriores novelas de Beascochea. El paisaje es un denominador común, un hilo conductor donde se enlazan los acontecimientos: la historia, la política, las relaciones sociales, la tristeza y las esperanzas de gentes que andan por la vida. Los recursos del policial que utiliza le permiten desnudar relaciones de poder, afirma: un detective “entrado en años” inicia la investigación de crímenes que comprometen a un viejo estanciero, a funcionarios judiciales y a policías. “Hay una crítica política, dice, y explica que intenta “crear 'una esperanza de baja intensidad, un piso donde apoyarnos', como dice una de las personajes luego de conocer el horror, para poder caminar entre los escombros”.

Cuando llegó a su tapera, los vio. Benítez y dos peones lo esperaban con cara de pocos amigos.

-¿Dónde estabas? Hace rato que te estamos buscando.

-El zaino quería pasear. Usted sabe.

Benítez no contestó. Parecía enojado.

-Me tenés que acompañar, debemos ir al bebedero del caldenal. Vamos a ver si lo arreglamos un poco.

-Pensé que el patrón no pensaba usarlo más.

-Cambió de opinión. Vamos.

Hilario dejó el alazán en su casa y se subió a la camioneta. 

-Correte, le dijo uno de los matones y quedó al medio en la parte trasera, mientras el otro ingresaba por la otra puerta.

Camino al caldenal ninguno habló. Algo en la cabeza de Hilario se alertó y palpó el facón en el bolsillo.

Cuando llegaron, Benítez bajó primero y miró en la espesura, como buscando respuestas o algo le pesara sobre los hombros. Hilario conocía esa postura en el capataz. Estaba abrumado y a punto de hacer algo que no quería. Se bajó y lo siguió.

El mediodía se posaba en la llanura.

-Vení, vamos -ordenó Benítez y marchó primero. Hilario después, los dos hombres detrás. Llegaron al bebedero podrido. Entonces vio la fosa recién hecha y supo que algo no andaba bien. Se dio vuelta con rapidez y clavó el facón en uno de los peones. El tipo gritó y se agarró el pecho. Iba a saltar sobre el segundo cuando recibió uno, dos golpes en la nuca y su cara rebotó contra los pasto puna. Algo mareado, se levantó lo más rápido que pudo, con el cuchillo en la mano. Se dio vuelta. Benítez le apuntaba con un revólver y el otro hombre asistía a su compañero que agonizaba. Se alegró de no haber contado nada de la piba.

Pensó en sus hombros dorados, la musculosa blanca.

El disparo quebró el silencio de la llanura. (Lo que queda, p. 40)

El primero de sus libros, “Indicios” (relatos), fue publicado en 2000 en forma casi cooperativa en una imprenta y se distribuyó como regalo. “La tierra plana” obtuvo un premio y se publicó en 2007 en Buenos Aires, con dos detalles: su autor firmó un contrato de cesión de derechos por quince años y el libro tuvo dos reimpresiones, se estudió en colegios secundarios y en la Universidad de La Pampa. Con “El porvenir es una ilusión” ganó una convocatoria anual realizada por Colisión Libros, editorial de Buenos Aires que dirige Cristina Witt, y la novela fue incluida en el Plan Nacional de Lectura por La Pampa, en 2013 y también se trabajó en colegios secundarios. La edición de “Lo que queda” quedó postergada como consecuencia de la pandemia de covid-19. 

Algunos datos:

Horacio Beascochea es trabajador de prensa y narrador. Nació en 1970 en Santa Rosa, La Pampa. Reside en Neuquén desde 1995. 

Ha participado en distintas antologías regionales y nacionales. La última «Fuerte al medio” Relatos, historias y crónicas futboleras, (2019).

Obras editadas: «Indicios» (2000), «La tierra plana (novela), Irojo Editores (2007, 2011, 2017), «El porvenir es una ilusión» (novela), Colisión Libros (2013), «Series y grietas» (cuentos), Colisión Libros (2015). El año pasado formó parte del libro “Fuerte al medio”, una edición colectiva de relatos, crónicas y poemas sobre fútbol, dirigida por Pablo Montanaro, junto a periodistas, escritores y escritoras, libro con una gran repercusión en la región. Tiene su blog, Con letra propia, que actualiza de vez en cuando.

Beascochea, Horacio: La tierra plana, Buenos Aires, Irojo Editores, 2007

Beascochea, Horacio: Lo que queda, archivo digital, 2019.

29/07/2016

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